© Luís Adrián Betancourt.

Llegaron los fotingos

Mi padre trabajaba los tranvías cuando un asturiano le previno sobre los fotingos. Que de tantos no iban a caber en las calles de La Habana, que nadie iba a querer saber de coches. Parecía mentira que se pudieran mover sin caballos, ni mulos ni yeguas, sino con licor igual que los borrachos.
Un día vi el primero, era rojo y venía dejando un remolino de polvo y tocando fotuto por el camino de La Ermita. Fui con mi padre a verlo de cerca, era de un amigo. Dijo: “¡coño, qué lindo!”
Le pasaba la mano como si fuera el lomo de un caballo. Era rojo vivo y pulido como un espejo. Nos invitaron a montar y salimos de paseo.
Al principio él no se dio cuenta del peligro. Creyó que los fotingueros eran unos cuantos locos aventureros. Toda La Habana se movía a riendas, así había sido durante mucho tiempo y así debía ser. Los fotingos eran un lujo de mal gusto, una moda cara que pasaría pronto.
Un caballo lo compraba cualquiera, pero un fotingo no. Entonces en octubre del año 13, Ford inventó el montaje en serie, y los fotingos empezaron a salir de su fábrica como si fueran longanizas. Lo que le cayó a La Habana fue un aguacero de miles y miles de fotingos de todos los colores.
A los primeros Fords les llamaban Tres Patadas, por que los cambios se hacían con los pies, con un sistema de coy parecido a un imán. No traía indicadores para la gasolina. Si un chofer se descuidaba o calculaba mal, se quedaba botado.
Lo mismo que el cochero no puede arrear con un caballo en ayunas, los fotingos eran animales de cuatro ruedas, que tomaban agua y gasolina, y si no se cuidaban bien, ahí mismito se quedaban plantados.
Las primeras luces que llevaron fueron faroles de luz brillante, muy bonitos, pero que se apagaban de un soplo.
Luego, con el sistema de coy, prendían la luz cuando aceleraban; pero al aguantarse, ahí se quedaban a oscuras de nuevo. Por el año 20 llegaron los acumuladores a salvar la situación.
Para manejar un fotingo, lo primero que se hacía era poner en “marcha” el arranque, o calentar los quemadores si trabajaba con alcohol.
El arranque de los modelos T dejaba a cada rato a algún chofer con el brazo partido, porque de repente se le disparaba la manivela.
Para salir había que pisar el pedal de la izquierda, y con la misma, echar pa´lante la palanca del acelerador. El fotingo empezaba a moverse, uno le iba sacando el pie y él solito cogía impulso. El pedal del medio era el freno, y el de la derecha, la marcha atrás.
Se le iba cogiendo el golpe, de manera que pisando los tres pedales a la vez hacía de freno de emergencia. El problema estaba en que era dos pies para tres pedales, así que lo que valía era la maña.
Las ventanas del Ford tenían unas cortinas por si llovía, pero uno se demoraba mucho en armarlas, y como aquí los aguaceros son de ahora para ahorita, cuando uno daba pie con bola ya había escampado afuera y adentro seguía cayendo el agua.
Los parabrisas y las gomas inflables también fueron inventos muy prácticos, aunque no era fácil cogerle un ponche al Ford.
Traían una latica con los parches, un gato para levantar el fotingo, pero se llevaba media hora el arreglo de la goma.
Si el Ford se paraba en seco, la causa podía ser la falta de gasolina. Para cerciorarse, el chofer tenía que mandar a bajar el pasaje, sacar los cojines, quitar un montón de tarecos y meter una varilla para saber por dónde andaba el tanque. Eso nunca te lo pedía un coche, que era nada más darle pa´lante
Mi padre montaba en el fotingo de cualquier amigo, daba un paseo con él, hacía visitas, pero no le gustaba manejar. Seguía pensando como cochero.
Yo sí cogí el timón. Saber nunca ocupaba lugar. A mí me enseñó Domingo Sotolongo, allí mismo en los caminos de La Ermita, en un Ford T nuevecito. Y como me gustó, por el año 22 saqué la cartera dactilar, que entonces era un título de chofer-mecánico. Sin embargo para el coche no te pedían que fueras veterinario.
La verdad es que no era difícil conseguir la cartera dactilar. Para sacar ese título había que hacerse dos fotos, llevar la constancia de que se tenía más de 18 años y hacer dos exámenes: uno teórico y el otro práctico. Lo mío fue así. Un inspector me hizo tres preguntas:
-A ver, ¿a cuánto hay que ir por la ciudad?
-A siete kilómetros.
-¿Y por las avenidas anchas?
-A doce.
-Cuando llegas a una esquina, ¿qué tienes que hacer?
-Tocar fotuto o corneta.
-Aprobado, arrea pa´l práctico.
Y el práctico era más fácil. Halar por todo Ayestarán, que entonces era una carretera desierta. Una vez que te veía dueño del timón, el inspector decía:
-Para, que ya tú eres chofer.
El negrito Máximo Herrera se hizo famoso corriendo fotingos. Dicen que llegó a montarse en 80 kilómetros por hora. Se metió en la carrera Habana- Pinar del Río, y como era el seguro ganador, cuando andaba ya por Guanajay, un maricón americano lo trancó de mala idea; y de ahí se mataron Máximo Herrera y su ayudante Cubilete.
Por el año 12, yendo Teófilo de chofer y Rosario como mecánico, salió volando la máquina y el chofer fue directo a clavarse a una puya. El palo que lo atravesó de lado a lado estaba para él, porque Rosario también salió volando, pero nada más se partió la cabeza.
Cualquiera se ponía el fotingo de sombrero o se quedaba enganchado en una palma al coger una curva. De alguna manera había que pagar por el progreso.

1 comentario:

Argótide dijo...

Lindo relato. Me encantó.

Acerca del autor

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Biobibliografía

Luís Adrián Betancourt Sanabria [Placetas, Cuba, 1938] Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana en 1976 y autor de “Huracán” (Novela), “Expediente Almirante” (Novela), “A la luz pública” (Cuentos), “Aquí las arenas son más limpias” (Novela), “Triángulo en el hoyo 8” (Cuento) “¿Por qué Carlos? (Testimonio), “El extraño caso de una mujer desnuda” (Novela), “El otro cisne azul” (Radio serie), “Sdies piesok chitse” (Novela), “El Código de las Islas” (Radio serie), “La suerte del desconocido” ( Radio serie), “El extraño caso de una mujer desnuda” (Radio serie), “Amor a segunda vista” (cuento), “El sombrero negro” (cuento), “Bien vale la pena” (Teleserie), “Un inquilino raro” (Cuento), “Cargo de conciencia” (Radio serie), “Óleo de mujer” (Radio serie), “El secreto y la sonrisa” (Radio serie), “Esa mujer no existe” (Novela), “Maceta” (Novela), “Lobo de mar” (Testimonio), “Love at second sight” (Cuento), “Cochero” (Testimonio), “Quinta y 14” (Cuentos), “Todas las pistas eran malas” (Cuento), “Las honras del náufrago” (Novela), “Guilty” y “Un topo en el buró”; ha sido corresponsal de guerra, investigador histórico, fotógrafo, marino, maestro, y redactor. Miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas (UNEAC), y del Grupo Asesor de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), posee la Distinción Félix Elmuza, presidió la Sub Sección de Escritores Policíacos hasta su extinción. Es miembro fundador de la Asociación Internacional de Escritores Policiales y en el marco de la Feria del Libro del 2001 en la Habana fue condecorado con la Distinción por la Cultura Nacional y por acuerdo XI-102 del 3 de abril del 2004 de la Asamblea Municipal del Poder Popular del Cerro fue declarado Hijo Ilustre del Cerro.